lunes, 28 de mayo de 2007

Te doy para que me des

En las parejas no siempre existe un compromiso de fifty-fifty en el amor, pues en muchas ocasiones entre los cónyuges es solamente uno de los dos el que realmente quiere y el otro simplemente se deja querer. Y a veces, incluso, resulta difícil saber quién de los dos es quien, pues de nada sirve fijarse en el que es más detallista o en el que es más cariñoso, ya que tras estos comportamientos tan almibarados a veces se solapan remordimientos por infidelidades cometidas o por culpas sobre vete tú a saber qué. Por lo que, y hasta que no podamos en un futuro descubrir un instrumento con el que poder cuantificar el cariño, no nos queda otro remedio que usar para tal fin nuestra propia intuición. “Do ut des”, que decían los comerciantes romanos: te doy para que me des; así comienzas actuando al principio de cada relación y, poco o mucho tiempo después, pierdes de tal manera el norte, que ya no sabes realmente ni cómo ni cuando comenzaste de nuevo a ceder. “Do ut des -te repites- do ut des”, pero no, sigues y sigues de igual forma e inexcusablemente a caer, convirtiéndote en el sempiterno amante ágape, aquél que incondicionalmente sólo mira cómo poder satisfacer al ser amado, sin mirar nunca hacia su propio interés…En cuanto al amor que se les da a los niños, eso ya es otra historia. Los niños siempre fueron otra historia y nos ganaron la batalla nada más nacer, qué le vamos a hacer; pues no vamos a pararnos a hablar ahora de lo obvio que resulta ver cómo es infinitamente mayor el amor que toda madre o padre siente por sus hijos en comparación con lo que resultaría al revés. Pero para el resto: esposo/a, familia y amigos, siempre se debería usar la misma regla: Do ut des: te doy para que me des.

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