viernes, 1 de junio de 2007

Tic- tac, Tic- tac.

No me gusta esperar. A veces me mata la angustia por este motivo de tal manera que no lo puedo casi ni soportar. Me intranquiliza todo aquello que no se mueve, se ralentiza, se rompe, se muere y que no puede llevar el ritmo que yo deseo, pues soy aries y va en contra de mi personalidad. Odio las largas colas, el color rojo de los semáforos, vivir junto a teléfonos que no suenan o dejar de luchar, y prefiero mil veces vivir en tic-tac, que vivir siendo pasivo o con parsimonia, no me gusta esperar. Además, tampoco sabría muy bien qué hacer con la paciencia del numismático o del filatélico, hora tras hora mirando con una lupa cuñas de monedas extrañas y caras de reyes, por dios santo, que no, que no, que va. Y ¿quién no sabe a estas alturas que las manías arraigadas en la infancia son casi imposibles de evitar?… Durante la primavera anidan los gorriones y tampoco a estos les gusta esperar, pues en poco más de dos semanas incuban los huevos y, en otras dos más, los polluelos ya echan a volar. Como tiene que ser, pues es como viene la vida: sin tranquilidad. Y cuando se emancipan los polluelos, la pareja ya queda libre para cantar arrullos, saltar entre ramas o, si lo desean, recoger de los parques briznas de hierba, lana, papel y algodón, que es lo que usan para hacerse de nuevo sus nidos y poder empezar… Odio las tortugas, pues odio la tranquilidad, y me gusta el viento errático sin destino y las tormentas que empiezan en Europa y acaban en Canadá, y las sombras de la noche que se funden con el asfalto del suelo y que duran con luz tenue toda la eternidad, y las sonrisas si son espontáneas y las sonrisas si son duraderas y, por supuesto, la felicidad cuando no se hace esperar.

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