jueves, 21 de junio de 2007

Dias de soledad

Joaquín, jubilado, viudo desde hace tres años y con más amigos entre sus fotos antiguas que entre sus conocidos vivos, se pasa todas las tardes sentado en un banco de un parque que hay junto a su casa dándole de comer a las palomas. Mientras se deja llevar con su imaginación con recuerdos reminiscentes que le transportan hacia momentos del pasado que le gustaría revivir: como aquellos en los que llegaba a casa después de trabajar y se encontraba a su mujer sonriente, la cena caliente y todo en su vida iba fenomenal. No como los momentos que vive ahora, en los que se siente como un ser inservible y minusvalorado por esta sociedad. Pues ya nadie recuerda que se dejó el pellejo durante treinta años como director contable en una gran multinacional de Bilbao. Y el problema le tiene tan absorbido, que mientras está en el banco lanzando migas de pan, acuna su cabeza en vertical y se dice que “si”, que tiene razón, y luego lo hace en sentido horizontal, y se dice que “no”, que no es un estorbo ni tampoco un inútil para la sociedad, tan sólo es un hombre que ha trabajado duro y que ya no puede más. Y así una tarde tras otra, pensando en sus cuitas mientras pone nombres a las palomas y las habla de su mujer. “Hasta mañana”, se despide cariñosamente de las aves cuando se va, pues en los tiempos que corren hasta es una suerte que ellas le quieran a un viejo escuchar.

1 comentario:

escribana dijo...

Juan vive sin darse cuenta el mismo mal que tortura nuestros días y nos hace sentir agobiados aún en las mejores ocasiones: soledad, necesidad de apurar, producir... ¿Qué?... pero es una forma asumida de estar, de vivir que destruye el fluir de la vida natural en todas sus etapas.
Hasta en las pequeñas ciudades hemos adoptado ese ritmo inútil, agotador y que nos hace sentirnos siempre incompletos, incómodos... y por ende hace que nuestros mayores o personas que están pasando etapas difíciles se sientan parásitos y peor todavía: cargas inútiles.
Suena fuerte pero es así y lo peor es que cuando nos demos cuenta ya seremos "cargas inútiles" y comprenderemos lo poco que nos hubiese costado pedir a Juan que compartiese parte de sus experiencias con nosotros, llevarle a sus nietos o a los del vecino para que a su vez estos tuviesen "raíces", algo que les dará mayor madurez a sus experiencias posteriores... en fin... ¿qué tal si un día de estos, al cruzar el parque, nos dejamos caer en un banco y dejamos que Juan charle con nosotros?.
Seguro que sería genial. Recuncaríamos como se dice en mi tierra.
Recomendado.

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