jueves, 14 de junio de 2007

Harám

Cuando Malika emprendió el viaje desde Marruecos hacia España, lo hizo en un cayuco por el estrecho, para escapar de la pobreza de su país y también de su padre, un musulmán ortodoxo que la decía que todas aquellas ideas que ella tenía metidas en la cabeza sobre la liberación de la mujer eran harám, pecado. Las olas de más tres metros de altas y los treinta compañeros que viajaban apretados con ella, hacían continuamente que aquella endeble embarcación estuviese a punto de zozobrar. Y en esos momentos de miedo y de oscuridad, ella soñaba despierta con que la gente foránea del otro lado de la costa la recibiría con los brazos abiertos y que lograría por fin ser dueña de su destino consiguiendo marido, riqueza y, sobre todo, lo más apreciado para ella: su identidad. Durante el trayecto, la marea embestía fuertemente la nave por los costados haciendo que su cuerpo adolescente se cimbreara de lado a lado, chocando unos con otros, y creando un efecto de empuje que si no estabas bien asida a las cuerdas de agarre te hacía caer a la mar. Ella sabía que si lo conseguía, su madre, que era lo que más quería, iría detrás. “Sólo dos millas más”, se decía, mientras escuchaba rezos a Alá y lloros de alguien que gritaba: “Ha caído uno más.” Le compraría un vestido de color verde pistacho a su madre, se distraía pensando, porque es su color preferido, y mi padre, con el tiempo, seguro que me perdonará. Pero la corriente de pronto empezó a traer olas de diez metros haciendo que el cayuco pareciera un borracho en el agua, hasta que de pronto volcó. Malika, entonces, se vio no se como nadando en un agua que la tragaba hacia el fondo y sabiendo cual iba a ser su destino, cansada ya de tanto bracear, se tomó un segundo para pensar en sus padres, elevó tristemente la vista hacia el cielo y dijo: “¡Esto sí es harám!”

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