sábado, 16 de junio de 2007

Otra noche en vela

Las horas de la noche nunca han sido amigas ni fueron nunca buenas consejeras de los problemas, más bien lo contrario, ayudaron siempre a exacerbar las desgracias que rondan por tu cabeza, haciendo que todo tipo de miedos se maximicen y sumergiendo tu estado de animo en un pozo desconsolador. Son horas que parecen demonizadas por algún ser espectral, durante las cuales, toda aquella decisión que tomes entre vuelta y vuelta que das sobre tu colchón, ni es válida ni te da solución. Y te hacen desbarrar con inercia hacia un bucle que te obliga a pensar y a repasar, una y otra vez, la misma preocupación. A primera hora del alba, cuando se empiezan a escuchar ruidos foráneos de gente de tu edificio que se van a trabajar o a estudiar, es entonces cuando parece que estos demonios empiezan a desaparecer, dejándote de nuevo tomar las bridas de tu coherencia y control. Y aunque la claridad del día no necesariamente viene acompañada de una solución, si que suele ocurrir que lo hace de una pequeña sensación de relax que te ayuda a atenuar en algo tu irritabilidad. Un nuevo día, te dices, en el que necesito sin falta resolver esta situación, porque si no, esta noche de nuevo toca guardia de insomnio, caídas al pozo de las angustias o recibir visitas de susurros desesperados que me hablan a mis oídos sin darme cuenta de que quien los produce siempre soy yo

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