domingo, 1 de julio de 2007

Intis y un poco de cariño

Jessenia era una niña de Perú que tenía once años, cinco hermanos y un padre enfermo que no podía trabajar. Cuando contacté con una ONG y esta me la designó para apadrinarla, enseguida se ganó mi corazón con dibujos que me enviaba hechos con tizas de colores, en los que se dibujaba siempre a ella misma agarrada de la mano de un chico que tenía escrito debajo mi nombre: Jon. En la foto de ella que la fundación me dio, se la veía de tez mestiza, probablemente su padre o madre fueran indios, pensé, y sonreía vergonzosamente, sabiendo seguro que se la hacían para mí. Nos escribíamos varias veces al año, y yo la mandaba junto con mi carta, cuentos, juegos, pulseras divertidas y todo lo que se me ocurría que la podría ilusionar. Y ella continuamente me enviaba dibujos de muchos paisajes disfrazados según la estación y, debajo, siempre de la mano ella y yo. Quizá este fuera un detalle de la cuidadora o quizá no, pero se notaban que eran dibujos con un acabado perfecto, sin tachas ni errores, lo que significaba que algunos acabaron en la basura y que los enviados fueron hechos con ilusión. No recuerdo ahora cuantos intis al cambio de la moneda peruana tenía que abonar, pero sí que con ello Jessenia comía, vestía y que el poblado de apadrinamiento le proporcionaba educación. Y así un año tras otro hasta que con catorce de edad, tuvo que abandonar el lugar (eran las normas) y ya nunca más volví a saber de ella. Hasta hoy, que revolviendo entre mis cosas antiguas, acabo de ver la foto suya y me han venido de golpe mil recuerdos. Ahora tendrá seguramente más de veinte años; quizá esté casada o quizá no, quizá siga dibujando paisajes o quizá no, pero sea cual sea su vida o la mía, los dos sabemos que durante tres años del pasado un fuerte vínculo nos unió. Y como decía Molière: "cuando se quiere dar amor, siempre hay un riesgo: el de que lo reciban los dos."

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