domingo, 21 de octubre de 2007

Al libre albedrío

¿Qué pasaría si no habría consecuencias?: ¿Mandaríamos, quizá, por fin al jefe a freír espárragos subidos en un andamio para podérselo gritar desde lo más alto?, ¿nos convertiríamos todos en unos promiscuos, incluido los eclesiásticos?, ¿fumaríamos hierba a deshoras? ¿Qué? Shakespeare, además de decir aquello de “ser o no ser”, solía decir también que “el mundo es un teatro y los que viven en él son meros actores que representan cada cual su papel.” Una verdad, la suya, que lleva a una mentira: nuestra forma de ser. Si no habría consecuencias, seguramente yo no sería yo. Sería, quizá, un loco con una tiza de color rojo en una mano haciendo tachones sobre los bisontes de Altamira, o tal vez un conductor desnudo y borracho que va en sentido contrario, o vete tú a saber. La verdad es que no sé exactamente qué pasaría si no habría consecuencias, pero lo sí sé, es que todos nos aprovecharíamos de ese libertinaje para cometer locuras. Los que roban, matan, violan, son personas que delinquen pensando que no tendrán un escarmiento. Me pregunto qué no haría esta gente de saberse con plena impunidad y, sobre todo, cuántos imitadores tendrían en esas circunstancias. O sea que, visto así, casi mejor asumimos un mundo con castigos y dejamos las cosas como están, ¿verdad?

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