sábado, 30 de junio de 2007

El caso es ligar

Algunos ligan en discotecas, otros en bares, otros en playas y otros, que no tienen ni un pelo de tontos, se compran un perro y se van a ligar a los "pipi-can", que son esas zonas ajardinadas que están destinadas a las necesidades caninas y donde entre que el perro va, viene y juega con otros perros, ellos no paran de ligar. Y para ello, le tiran el hueso al chucho junto a la chica que anda sola y perdida y zás: "Hola, ¿qué tal?". A lo que algunas responden con sorpresa y otras, que ya bajan bien arregladas y todo, lógicamente, ya saben de qué va el juego. Y les siguen el rollo si son guapos y si no, el dueño, el perro y su hueso, los tres, los manda educadamente a buscar suerte a otro sitio. Lógicamente, también se ve por esos lares al adolescente castigado metiéndole prisas al perro con su pis, al ama de casa que le toca hacer todo-todito-todo y al solitario que vive sólo y que, o saca él al canino o no lo hace nadie. Pero a lo que voy: si no tienes novio o novia y deseas tenerlo, cómprate un perro y antes de un mes seguro que ya lo tendrás.

miércoles, 27 de junio de 2007

Ni con ellos ni sin ellos

Mamá, ¿por que el cielo es azul?, ¿por qué el señor que baja con nosotros en el ascensor es calvo y papá, no?, ¿las embarazadas se comen a los niños y por eso luego los tienen en las tripas?, ¿por qué el señor de la panadería te dice siempre adiós mirándote los pechos, es que saben contestar?... Y es que ahora que los maestros empezaron sus vacaciones, nuestro "niño, cosita bonita, ay, que me lo comía..." también lo hizo con ellos y, desde entonces, se acabó la tranquilidad. Y el día ya no arranca con un café express o con un zumito de naranja como antes, no, sino con un grito de "¡Mamá, que Nerea me está rompiendo la consola nueva!", seguido de un !Plaf!, que es el hostión que su hermana le ha arreado por chivarse. Y cuando por fin pones paz y te pones a hacer las tareas de la casa, lo único que te indica que empezaste alguna vez a limpiar, es que ves que no paras de sudar, porque con los críos revolviendo aquí y allá, lo tienes siempre todo igual. Y no ves la hora de que te instalen de una vez el Disney channel, el que pones todos los veranos, vamos, y que ya están tardando porque ya has notado que te viene la ansiedad. "¿Has cogido peso, no?", te pregunta la vecina. "Pero cómo no voy a coger peso -piensas-, si los nervios me tienen todo el santo día con un trozo de pan en la mano." Y cuando llevas ya dos meses de esta guisa, claro: "Mamá, ¿por qué los peces no se ahogan en el agua?" "No sé, pregúntale a papá" "Mamá, ¿las nubes son pintadas?" "No sé, pregúntale a papá." "Mamá..." "No sé, pregúntale a papá" "Ma..." "A papá, cariño, a papá." Hasta que por fin llega septiembre y la normalidad. "¡Qué mala madre soy!", te dices mientras el primer día de clase le llevas a tu hijo a todo correr a la escuela. Pero, ante tu asombro, te percatas de que incluso hay otras madres que corren mucho más.

Lo peor y lo mejor

"¿Qué es lo peor y lo mejor que te ha pasado hoy?", me preguntó un día un psicólogo en su consulta hace ya tiempo. Y yo le dije que lo peor había sido un sentimiento de pena que me vino a primera hora de la mañana por una prima que tenía enferma, y lo mejor una reunión con unos amigos al medio día con los que me lo pasé genial. Datos con los que él pudo deducir que soy una persona empativa y sociable, y que le avisaron de que durante la mañana estuve triste, pero que luego lo conseguí superar. "¿Y hoy?", me preguntó otro día. "Una discusión con mi jefe –le dije- y luego otra con mi mujer, y lo mejor cuando me he tomado un par de tragos en un bar para desconectar.” Y supo entonces que extrapolo mi irritabilidad hacia gente que no tiene culpa y que no busco apoyo en los demás. Y me pareció esta una curiosa forma de comenzar la sesión, con la cual, haciendo tan sólo una pregunta, y siempre y cuando sea contestada con sinceridad, me di cuenta de que se podían averiguar problemas, miedos, rencores, frustraciones o las ilusiones de las que se alimenta a diario una persona, así como su estado anímico de todo el día en general. "Éste es un truco que no aparece en los libros de psicología -me dijo- y siempre aconsejo a que se utilice en las familias dentro de su intimidad. Os sentáis por la noche padres e hijos y comenzáis uno tras otro a responder a ésa misma pregunta. Y veréis como no sólamente aprenderéis a conoceros mejor, sino que os ayudará a rescatar ese día que habéis perdido sin veros y que parecía casi imposible de recuperar."

lunes, 25 de junio de 2007

¿Un amigo más?

Su colonia preferida, su manera de vestir, si le gusta leer o no, sus expresiones o gestos consuetudinarios, si es distraído, sus días que reflejan en su rostro estrés o tranquilidad. Estos y muchos detalles más, son las pequeñas cosas que con sutilidad podemos observar en ésa persona desconocida con la que coincidimos asiduamente en el medio de transporte que nos lleva a trabajar o a estudiar y con la que nunca, bien por su parte o por la nuestra, decidimos conversar. Es una relación extraña, de tan sólo un hola y adiós, y que no sabemos muy bien como la debemos considerar, pues ni forma parte de nuestros conocidos ni es del todo un extraño en realidad. Su timbre de voz, su bajada de parada, su manera de caminar... hacen que sin querer, él o ella, forme parte de ese puzzle de gente con la que llenas un día normal, y que de alguna forma llegas a apreciar, pues el día que no le ves hace que te preguntes: ¿y hoy por qué no estará?

sábado, 23 de junio de 2007

Dame una más y verás

A lo mejor si María no hubiera sido huérfana y hubiera conocido a sus padres, éstos no serían tan perfectos como ella se imagina que eran. Igual, incluso, hubieran sido unos malos padres y estarían todo el día borrachos como lo están siempre los padres de su amiga Esther. Aunque también puede ser que estaría en lo cierto y que fueran unos padres maravillosos, de lo cual se alegraría infinitamente, pues así la podrían ayudar con su matrimonio con el que ya realmente no sabe ni que puede hacer. Pues maldita sea la hora del “si quiero” y de las malditas palizas que sin ningún pudor le arrea a todas horas su marido. Y ni me pongo gafas de sol para tapar ojos morados ni maquillaje para corregir moretones, se dice, total, para qué, si ya todo el mundo cree saber que la culpa es de ella porque no le abandonó cuando todo empezó. Pero lo que nadie sabe –y peor aún-, nadie quiere saber, es que le tiemblan las piernas en cuanto le ve aparecer por la puerta de casa, con dos litros de alcohol ya bebidos y diciéndola cosas como: “Si tu de esta casa te vas –con gesto de cortarla el cuello-, ¡para tus hijos ya no estarás! Por lo que en cuanto le escucha subir patoso y ebrio por las escaleras que conducen hacia su casa, se coge rápidamente a sus dos niños de la manga, los mete en su cuarto, echa el pestillo y de ahí no sale hasta el día siguiente… “¿Veneno, para qué?”, le pregunta Maika la farmacéutica. “Es que se me ha metido una rata en casa –dice ella-, y me da mucho asco.” “No puedes matar a una rata que lleva los apellidos de tus hijos, Maria”, le dice Maika, que la conoce desde pequeña. “¿Necesitas dinero?”, la pregunta cariñosamente. “No, necesito matar a una rata, ya te lo he dicho” “Pues en eso ni te voy a ayudar ni voy a permitir que hagas tu nada, a si que…”
Desde hace un mes y medio, y por primera vez desde hacía años, María se ha empezado dar cuenta de que su marido se arregla y se perfuma más de lo normal. De lo cual se alegra, pues nunca pensó que la solución a su problema podría estar en que su marido se fuera con otra. Y mira tú por donde se ha enterado de que con quien tiene una relación es con una vecina conocida del barrio. Por lo que ya se ha hecho amiga intima de ella y le habla de su marido como si fuera la cosa más maravillosa del mundo, para que se enamore de él cuanto antes, se valla de casa y la deje por fin en paz. Y aunque sabe que no es ético hacer de casamentera y que su actitud raya lo inhumano, también sabe que es una salida mil veces mejor que la de echarle veneno en el café o la de que él llegue un día caliente a casa con su boca apestando a alcohol y la degüelle sin más. Y además, le importa un pimiento, se dice, si en el futuro se van a llevar bien o mal, pues para ella, cualquier mujer que le quita el padre a sus hijos pensando que le va a servir como un marido fenomenal, no merece ningún respeto a su juicio y a la mierda si le sale bien o mal. Por lo que en el futuro, cuaje su marido en esta nueva relación o no, ya sabe cual va a ser su plan.

A lo mejor si María no hubiera sido huérfana y hubiera conocido a sus padres, éstos no serían tan perfectos como ella se imagina que eran. Pero, aunque hubieran sido alcohólicos como los padres de Esther, en la situación en la que se encuentra, aun no pudiéndola ayudar, hubiera por lo menos podido contar con el apoyo de los suyos que esto sin lugar a dudas da mucha moral.

El preferido de papá y mamá

Salvo en excepciones, como en el caso de las parejas que sólo tienen un hijo y donde sí o sí le toca a éste ser el único retoño consentido y mimoso de los dos cónyuges a la vez, en todos los demás casos de parejas que tienen dos hijos o más, resultaría una falacia decir que el padre o la madre no tienen uno entre ellos que es su preferido. Y aunque esto no significa que éste hijo vaya a ser el más querido de todos los demás, tampoco significa que se le vaya a querer como a un igual, pues el carácter diferente que se ve en ellos les otorga siempre un pequeño trato más especial. “El amor y el dinero no se pueden disimular”, dice un dicho, y mientras este pequeño pecadillo se pueda ocultar de los otros hijos, ni tan mal. El problema viene cuando el hijo preferido de papá tiene como preferida a mamá, y a su vez el de mamá, resulta que se ha dado cuenta de que a quien más quiere es a papá. Pues, lógicamente, los hijos también eligen. Creando así un extraño cruce de cariño que te deja totalmente nulo y que no sabes cómo explicar. Y que te recuerda irrisoriamente a esos momentos de tu adolescencia cuando en el amor nunca acertabas con la chica o el chico que tú querías y que hace que te preguntes con sorna: ¿estaré toda mi vida predeterminado a no ser correspondido con mis preferidos y a que me pase igual?

jueves, 21 de junio de 2007

Dias de soledad

Joaquín, jubilado, viudo desde hace tres años y con más amigos entre sus fotos antiguas que entre sus conocidos vivos, se pasa todas las tardes sentado en un banco de un parque que hay junto a su casa dándole de comer a las palomas. Mientras se deja llevar con su imaginación con recuerdos reminiscentes que le transportan hacia momentos del pasado que le gustaría revivir: como aquellos en los que llegaba a casa después de trabajar y se encontraba a su mujer sonriente, la cena caliente y todo en su vida iba fenomenal. No como los momentos que vive ahora, en los que se siente como un ser inservible y minusvalorado por esta sociedad. Pues ya nadie recuerda que se dejó el pellejo durante treinta años como director contable en una gran multinacional de Bilbao. Y el problema le tiene tan absorbido, que mientras está en el banco lanzando migas de pan, acuna su cabeza en vertical y se dice que “si”, que tiene razón, y luego lo hace en sentido horizontal, y se dice que “no”, que no es un estorbo ni tampoco un inútil para la sociedad, tan sólo es un hombre que ha trabajado duro y que ya no puede más. Y así una tarde tras otra, pensando en sus cuitas mientras pone nombres a las palomas y las habla de su mujer. “Hasta mañana”, se despide cariñosamente de las aves cuando se va, pues en los tiempos que corren hasta es una suerte que ellas le quieran a un viejo escuchar.

El arbol llora

"Otoño. Las hojas caen por el empuje de un viento apátrido. El árbol mira hacia abajo y ve como la hojarasca se acumula hacia sus pies. Un sentimiento de dolor le indica lo vulnerable que es. Qué batalla más cruel, piensa, aquella en la que no puedes ganar, sólo perder. Y mientras siguen cayendo al suelo trocitos de él, recuerda otros tiempos mejores, ¿qué otra cosa podía hacer?, imaginando el gorgoteo de los pájaros enamorados que otrora se posaron sobre él, o los niños hilarantes que jugaron bajo su sombra también, y así un día y otro… y otro día también."

miércoles, 20 de junio de 2007

¿Fantasía o realidad?

Resultan curiosas algunas sensaciones surrealistas que a veces percibimos y de las cuales la ciencia no sabe muy bien cómo explicar. Como, por ejemplo, cuando experimentamos un “déjá vu” (“ya visto”), palabra que viene del francés y que usamos para identificar ése momento en el cual estás viviendo algún hecho en el presente que te da la impresión de que ya lo viviste en el pasado. Según un estudio hecho en USA por el Dr. Crhis Moulin, existen tres maneras diferentes de déjá vu: el ya visto, el ya sentido y el ya visitado, refiriéndose cada una de ellas a las diferentes precogniciones que hemos tenido en ocasiones de nuestra vida... Otra extraña ilusión cognitiva, es sin duda la “fata morgana”, palabra italiana que significa: hada Morgana, en referencia a la hermana del Rey Arturo, que según la leyenda decían que era un hada cambiante, y que es la expresión que usamos para referirnos a la ilusión óptica creada por barcos, islas, icebers o todo aquello que se encuentre justo en la línea del horizonte y que al mirarlos se nos presentan a la vista con apariencia totalmente distinta, de espejismo o fantasmal. Y no deja de ser curioso igualmente la relación inusual que a veces ocurre entre hermanas gemelas, donde se rompe la pierna una y la otra lo hace detrás, o tiene un disgusto en secreto una y la otra sin saberlo no para de llorar, etc. Y también la casuística nos habla de la videncia esotérica, de la intuición maternal, de la sugestión de la hipnosis y de tantas y tantas cosas más, que siempre acabamos diciéndonos: ¿es fantasía o realidad?

lunes, 18 de junio de 2007

De camino hacia el sol

La gitana, después de barajar las cartas del tarot, sacó la carta del carro y detrás la del sol, y dijo que la desventura tocaría su fin si todos los trabajadores del circo emprendían inmediatamente viaje hacia un lugar de calor. Malabaristas, acróbatas, contorsionistas, payasos y demás operarios, abrieron entonces sus baúles y los llenaron de trajes circenses y de aparejos para crear ilusión; partiendo prestos, con los elefantes abriendo camino, rumbo hacia el sur. Y sólo cuando el cansancio o el desapacible tiempo impedían proseguir, frenaban la caravana y hacían un pequeño parón. Durante el cual, el domador aprendía trucos del mago y éste del hombre de fuego y éste del saltador, pues experiencias de antaño vividas hicieron saber que a veces los males vienen en carambola, desgracian a dos o tres especialistas a la vez y dejan al circo inevitablemente sin función. Las heridas de golpes, los cortes profundos y los huesos rotos en dos, los curaba la hija del presentador, que desprovista de virtualidad alguna, se compró un libro de anatomía y de esta forma encontró su valía dentro de la comunidad. Y los niños de todos ellos aprendían las tres reglas básicas de la mano del payaso, un brillante jurista que un buen día cansado de tanta iniquidad decidió disfrazarse de cómico para fabricar sonrisas dentro de quien sólo sabe llorar…La caravana llegó por fin a un lugar de sol; izaron entonces las carpas, las fijaron con cuerdas y prepararon concienzudamente la representación... El día del estreno, la cola doblaba en clientes al del estreno anterior. “Otra vez la gitana dio con la dicha buena -se dijo el acomodador.” “¡Pasen y vean –gritó vigorosamente el presentador-, que los actores hacen parecidos, pero en cambio serán realidades lo que vean ustedes hoy durante nuestra función!”

sábado, 16 de junio de 2007

Otra noche en vela

Las horas de la noche nunca han sido amigas ni fueron nunca buenas consejeras de los problemas, más bien lo contrario, ayudaron siempre a exacerbar las desgracias que rondan por tu cabeza, haciendo que todo tipo de miedos se maximicen y sumergiendo tu estado de animo en un pozo desconsolador. Son horas que parecen demonizadas por algún ser espectral, durante las cuales, toda aquella decisión que tomes entre vuelta y vuelta que das sobre tu colchón, ni es válida ni te da solución. Y te hacen desbarrar con inercia hacia un bucle que te obliga a pensar y a repasar, una y otra vez, la misma preocupación. A primera hora del alba, cuando se empiezan a escuchar ruidos foráneos de gente de tu edificio que se van a trabajar o a estudiar, es entonces cuando parece que estos demonios empiezan a desaparecer, dejándote de nuevo tomar las bridas de tu coherencia y control. Y aunque la claridad del día no necesariamente viene acompañada de una solución, si que suele ocurrir que lo hace de una pequeña sensación de relax que te ayuda a atenuar en algo tu irritabilidad. Un nuevo día, te dices, en el que necesito sin falta resolver esta situación, porque si no, esta noche de nuevo toca guardia de insomnio, caídas al pozo de las angustias o recibir visitas de susurros desesperados que me hablan a mis oídos sin darme cuenta de que quien los produce siempre soy yo

jueves, 14 de junio de 2007

Harám

Cuando Malika emprendió el viaje desde Marruecos hacia España, lo hizo en un cayuco por el estrecho, para escapar de la pobreza de su país y también de su padre, un musulmán ortodoxo que la decía que todas aquellas ideas que ella tenía metidas en la cabeza sobre la liberación de la mujer eran harám, pecado. Las olas de más tres metros de altas y los treinta compañeros que viajaban apretados con ella, hacían continuamente que aquella endeble embarcación estuviese a punto de zozobrar. Y en esos momentos de miedo y de oscuridad, ella soñaba despierta con que la gente foránea del otro lado de la costa la recibiría con los brazos abiertos y que lograría por fin ser dueña de su destino consiguiendo marido, riqueza y, sobre todo, lo más apreciado para ella: su identidad. Durante el trayecto, la marea embestía fuertemente la nave por los costados haciendo que su cuerpo adolescente se cimbreara de lado a lado, chocando unos con otros, y creando un efecto de empuje que si no estabas bien asida a las cuerdas de agarre te hacía caer a la mar. Ella sabía que si lo conseguía, su madre, que era lo que más quería, iría detrás. “Sólo dos millas más”, se decía, mientras escuchaba rezos a Alá y lloros de alguien que gritaba: “Ha caído uno más.” Le compraría un vestido de color verde pistacho a su madre, se distraía pensando, porque es su color preferido, y mi padre, con el tiempo, seguro que me perdonará. Pero la corriente de pronto empezó a traer olas de diez metros haciendo que el cayuco pareciera un borracho en el agua, hasta que de pronto volcó. Malika, entonces, se vio no se como nadando en un agua que la tragaba hacia el fondo y sabiendo cual iba a ser su destino, cansada ya de tanto bracear, se tomó un segundo para pensar en sus padres, elevó tristemente la vista hacia el cielo y dijo: “¡Esto sí es harám!”

martes, 12 de junio de 2007

A propósito de consejos...

A veces ocurre que un pequeño problemilla que comenzó la semana pasada, ahora se ha convertido en una bola de nieve grande y no sabes muy bien a qué amigo o familiar acudir, porque con tanto interés malintencionado que a veces suele haber detrás de un consejo dado te resulta difícil saber quién te lo dará mirando tan sólo por tu bien. Si tu problema, por ejemplo, consiste en que estás angustiado porque tu relación de pareja no va bien, todo aquel amigo o pariente recién separado y, por ende, amargado, te animará seguramente a tomar el mismo camino que él. Por el contrario, si le pides consejo a personas que tienen aventuras placenteras o que se encuentra maritalmente felices, su recomendación será bien distinta, y te animarán a que hagas una cena de reconciliación romántica, le compres a tu pareja un regalo sorpresa o que os toméis unas vacaciones bonitas que os ayude a retomar vuestra relación. En el plano laboral, un disgusto fuerte que tengas en el trabajo de nada te servirá comentarlo, por ejemplo, con quien esté más quemado que tú porque trabaja más horas que un reloj, porque enseguida se pondrá con los ojos en blanco a despotricar a tus jefes diciendo que todo está mal y que él también se quiere marchar. ¿Y quién a dicho algo de marcharse?, te preguntarás después de que termine de hablar. Aunque, lógicamente, tampoco es cuestión de ir a deshidratarse llorando junto al pelota del jefe, don Lametón, porque ése a la hora de darte una buena sugerencia, como que no. Y como cada uno habla de la feria según se lo ha pasado, es a ti a quién le toca averiguar si la persona a la que acudes es la idónea para tu consejo o no, pues de no ser así, podrías acabar proyectando rabias y odios que otros tienen en sus cabezas hacia tu vida y repetir los mismos errores pasados que cometieron ellos.

lunes, 11 de junio de 2007

Agua pasada mueve molinos

Vas por la calle, la miras, te mira, os paráis y no sabéis bien qué decir, pues ya han pasado más de seis años desde que dejasteis vuestro noviazgo y nunca más volvisteis a coincidir. Enseguida la encuentras distinta, eso sí, como más mujer, y ella igualmente te encuentra con aire totalmente distinto al de ayer. Unos botecitos de lácteos para bebé que lleva en el interior de una bolsa de plástico y los treinta y tantos de años que ya debe tener, te hace suponer que seguramente ya habrá sido mamá; pero, extrañamente, no se lo quieres preguntar porque te hace daño saber la verdad. De vez en cuando, durante vuestra conversación banal, surgen silencios tácitos en los que os preguntáis qué hubiera pasado si no se hubiera metido por medio tu madre, la suya, tu tía o la vecina del quinto, quien fuera que destrozó aquella bonita relación, y al recordar ése asunto del pasado tan turbio, te hace mover la cabeza diciendo casi en voz alta: “Vaya por dios, vaya por dios.” Maria (o Lucía o Gabriela…) te enseña la bolsa con la comida del nene y te dice con lastimera sonrisa que se tiene que ir. Y tú la guiñas un ojo, como haciéndote el fuerte, pero roto en dos como el Titánic y queriendo morir. Y sin nada más que decir, excepto: “Toma, éste es mi número de teléfono por si algún día necesitas algo de mí.” “Gracias.”, te dice ella, sabiendo que a veces, sólo a veces, agua pasada sí que mueven molinos y a lo mejor si sale rana lo suyo se estudia tu oferta, te llama por teléfono y os volvéis a reunir.

sábado, 9 de junio de 2007

flirteo laboral

Son pequeños mensajes sutiles los que los que a veces te llegan y hacen que te sientas mal, pues a pesar de que el anillo que llevas de casada te recuerda a diario de tu compromiso marital, te resulta inevitable no mostrarte receptiva hacia las miradas seductoras que te dirige continuamente ése compañero de trabajo que te gusta y que te hacen sentirte como una mujer deseada. Es gratuito e inofensivo tener fantasías, te dices, y te intentas engañar comparando ése tácito y expresivo mirar que os dirigís entre vosotros con cualquier otra cosa inocua que ocurre sin la mayor importancia. Aunque luego, cuando llegas a casa y ves a tus “peques” sentados y riéndose junto a tu marido en el sofá, te sobreviene de golpe un sentimiento de deslealtad que te hace sentirte extrañamente culpable. Pero gracias a dios no eres una mujer enamoradiza y loca, de ésas que a toda prisa doblan sus cuatro trapos, los meten en una maleta de viaje, rompen con todo y se van, porque de ser así, probablemente ahora mismo ya tendrías tres separaciones a tus espaldas, o más, de tantas y tantas veces que te ha tocado vivir esta misma situación. Tu experiencia también te dice que el intentar buscar excusas que te sirvan de justificación no sirve de nada, pues no aceptas, ni tus celos nunca aceptarán, el hecho de imaginar que tu marido pueda igualmente ser el hombre deseado de una compañera de su trabajo; una mujer a quien le haga sentir, desear, suspirar y tener la necesidad de ponerse guapa, como a ti te pasa antes de ir a trabajar. Y te sientes culpable, no por lo que ha sucedido, sino por lo que desearías que pasara. Pero sabes que todo quedará al final en pura quimera, pues no permitirías jamás que una aventura tuya acabe convirtiendo a tu familia en el cántaro roto de la fuente, echa añicos porque te agarraste a ella con inseguridad. Por lo que has decidido plantarte y dejarlo pasar. O no, pero entonces ya sabes cual es el final.

martes, 5 de junio de 2007

El escondite de mi papá

Hay escondites buenos y malos, y otros que son geniales como en el que se encuentra escondido mi papá, aquejado de alzheimer desde hace unos años y que ya ni habla ni ríe ni anda, sólo sabe temblar. A veces le miro a los ojos y me parece que no hay luz dentro de él, tan sólo oscuridad. Pero el neurólogo me ha dicho que no ceje en mi empeño, pues sigue ahí, escondido en un sitio llamado neocórtex, donde estoy yo y también sigue estando mamá. Los domingos le visto de corbata, para distinguir y, cuando se mira al espejo, se ve diferente de guapo y, entonces, le mira enseguida mamá. Y, nada más verle, descubre al momento esa zona chiquita del cerebro donde se esconde y que él nunca quiere mostrar. Mamá siempre sabe dar con ella, no como yo, ella lo consigue sin más. Aunque mi intuición me chiva que esto tan sólo sucede porque se lo pone fácil papá. “No hay nada raro en ello, me dice mamá, pues si quieres verle, tan sólo tienes que recordar, y para ello quítale tiemblos y miedos, dale una expresión de cariño a su cara y enseguida verás a papá.”

Los fantasmas de hoy en día

No sé cual es la extraña cualidad que hace que la gente de una misma ocupación se reconozcan entre sí casi sin mediar palabra. El médico, el abogado, el periodista… se dicen: " Éste seguro que tiene el mismo oficio que el mío." Yo hace años que no trabajo y que estoy enfermo, pero de igual manera que ellos tengo un diapasón para afinar mi sexto sentido y saber con certeza quién sí y quién no es como yo. Y no se me escapan las ojeras de la gente que intenta disimular con cosméticos y anteojeras noches de fiebre y de dolor. Ni las miradas perdidas de aquellos cuyas pruebas médicas no salieron bien y de camino desde la consulta hacia sus casas muestran preocupación. Ni las caras sonrientes de aquellos que intentan pagar con extrema afabilidad la gratitud que sienten hacia su cuidador. Ni la gorra de béisbol del veinteañero pelón, que recibe quimio, y aguanta dos segundos tu mirada, pues aunque todos están a su bola y creen que es su moda, con tu gesto le dices: lo siento, tú estás peor que yo. Y la de tantos otros que están disfrazados de sanos, pues fantasmas son, y que lo hacen para evitar el "pobre este chico, que pena". Pues no batallas con la parca a diario para que gente insensible que jamás vieron las orejas al lobo, en vez de ayuda, te den compasión. Una de cada veinte personas está enferma, lo que significa que en un vagón de autobús o de metro debería haber dos. En tu camino hacia donde sea, ¿a cuántos has visto hoy?

domingo, 3 de junio de 2007

El pequeño mundo asceta

A veces me digo que sí y a veces me digo que no, pues no consiguo explicarme cuál es el motivo que induce a algunos clérigos a cortar su relación con todo tipo de amigos, familia y recuerdos para meterse más tarde en un monasterio de clausura y dedicarse solamente al rezo de dios y a la meditación. Se puede creer o no se puede creer, y a veces me digo que sí y otras, que no, pero sin que exista ganancia ninguna y sometidos, como están, a los votos de pobreza, castidad y obediencia, no entiendo esa fe tan devota e intrínseca en ellos y que sin duda es algo realmente admirable de ver; pues, ninguno de ellos te viene a llamar a tu puerta para venderte humo eclesiástico o ficción, y yo, que realmente sólo soy creyente los días que tengo funestos y necesito pedir ayuda al Señor, me extraña ver a gente que no tiene nada, no necesita nada y, si no existe el rezo, casi prefieren dejar de vivir. “Creo que dios existe porque todas las mañanas hablo con él durante mis oraciones”, dijo San Agustín. Y en esta humilde gente esta frase les ha calado hasta el tuétano. Hubo un tiempo en el que me pareció una quijotada la vida del misionero, otro asceta como el anterior, el cual se iba, por ejemplo, a la Conchinchina para evangelizar a los pobres vietnamitas que vivían de los arrozales y que no entendían de nada más que de legumbres que crecían sumergidas bajo el agua y de morirse por la malaria que les producía aquellas mismas aguas turbias que les alimentaba. Y mi opinión, ahora, al respecto es, que más allá de que una u otra religión sea mejor o peor, estos hombres me infunden envidia y respeto, pues sé que yo jamás tendré mis ideales tan claros como los suyos, aunque ahora mismo llamen a la puerta, abra y sea Dios.

sábado, 2 de junio de 2007

El perdón de la guapa

No sé que tiene la guapa (o el guapo) que todo pecadillo que hace a los demás se queda en “pecata minuta” en comparación con lo que le puede ocurrir a esa otra pobre desgraciada que nació adefésica perdida y que nos hizo exactamente lo mismo y la llevamos hacia la excomunión. El panadero, frutero, lechero, …ero, lo sabe: se le nota en sus ojillos cuando entra la guapa a comprar sus productos a sus tiendas y se queda obnuvilado mientras le pone un kilo de manzanas, por ejemplo. Y si le entretiene al tendero más de la cuenta haciendo la compra o se equivoca en el pedido, mejor para él; mientras, la pobre ama de casa que espera en la cola con el chándal de la temporada pasada puesto y las zapatillas de andar por casa, no sólo tiene que aguantar la cara de tonto que tiene el tendero, sino perdonar mil errores que pueda cometer Baby-girl, y que en ella serían imperdonables. El tendero lo sabe, la guapa lo sabe y la fea también, que la hermosura vende y con ella te puedes si quieres hasta establecer. Si a la guapa le da por pintarse los labios con una barra de chorizo y luego irse a una discoteca a ligar, liga. Si lo hace la fea, lo más seguro que pueda pasar es que al camarero que la atienda -que será quizá el único que se acerque a ella-, le entre hambre. Y hasta aquí todo bien, pero el problema viene cuando ves que hay mucha guapa disfrazada de fea o al revés. “Hoy no me apetece que me moleste nadie -se dice la guapa-, así que me pondré el vestido horrible de mi amiga y no me pintaré”. Y su deseo se cumple de igual forma que si se lo hubiera concedido el genio de la lámpara de Aladino. “Mañana lunes por la mañana te voy a buscar para hacer no se qué – le dices tú a la guapa que te ligaste el sábado en la discoteca.” Y cuando llegas al portal de su casa y ves que baja alguien con coleta y sin arreglar, dices: “¡Hostias, y este cardo quién es?... Yo tenía un amigo que me decía que a él no se la daban y cuando veía que el compromiso con una chica iba en serio, la obligaba a ésta a presentarle a su madre para saber cómo iba a ser ella de mayor… El problema fue que él a ella no le presentó a su padre y ahora que está calvo, con tripa y tapón, ella se ha separado y se fue a la porra su regla del tres. Así que mi consejo es que, si quieres conocer a alguien atractivo, éntrale a saco y pregúntale: ¿Oye, tú realmente eres guapa-o o te fabricas antes de salir de casa?

viernes, 1 de junio de 2007

Tic- tac, Tic- tac.

No me gusta esperar. A veces me mata la angustia por este motivo de tal manera que no lo puedo casi ni soportar. Me intranquiliza todo aquello que no se mueve, se ralentiza, se rompe, se muere y que no puede llevar el ritmo que yo deseo, pues soy aries y va en contra de mi personalidad. Odio las largas colas, el color rojo de los semáforos, vivir junto a teléfonos que no suenan o dejar de luchar, y prefiero mil veces vivir en tic-tac, que vivir siendo pasivo o con parsimonia, no me gusta esperar. Además, tampoco sabría muy bien qué hacer con la paciencia del numismático o del filatélico, hora tras hora mirando con una lupa cuñas de monedas extrañas y caras de reyes, por dios santo, que no, que no, que va. Y ¿quién no sabe a estas alturas que las manías arraigadas en la infancia son casi imposibles de evitar?… Durante la primavera anidan los gorriones y tampoco a estos les gusta esperar, pues en poco más de dos semanas incuban los huevos y, en otras dos más, los polluelos ya echan a volar. Como tiene que ser, pues es como viene la vida: sin tranquilidad. Y cuando se emancipan los polluelos, la pareja ya queda libre para cantar arrullos, saltar entre ramas o, si lo desean, recoger de los parques briznas de hierba, lana, papel y algodón, que es lo que usan para hacerse de nuevo sus nidos y poder empezar… Odio las tortugas, pues odio la tranquilidad, y me gusta el viento errático sin destino y las tormentas que empiezan en Europa y acaban en Canadá, y las sombras de la noche que se funden con el asfalto del suelo y que duran con luz tenue toda la eternidad, y las sonrisas si son espontáneas y las sonrisas si son duraderas y, por supuesto, la felicidad cuando no se hace esperar.

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