Una foto vieja y medio rota, escondida en un bolsillo del chaleco, al refugio de disparos enemigos, es aquella que tiene todo aquel soldado que lleva varios años luchando en una guerra. A la que se agarran con fuerza cuando se escuchan silbidos de tiros que pasan de cerca, y a la que hablan en voz baja las noches de guardia que se ven con flaqueza. Ya nadie les pide disciplina, tan sólo matar, a cuantos más mejor, para que todos puedan regresar a sus casas y encontrarse con aquellos que aparecen en sus fotos que guardan en blanco y negro, por el polvo de la guerra, y que les esperan con impaciencia. «Hoy como ayer, todo fue tranquilo, todos estamos bien.», escriben por las noches los soldados en sus cartas, mientras el sargento tacha con rabia de una pizarra el nombre de tres. Un día toman a la fuerza un poblado rebelde y otro, un puente estratégico. «Todo tranquilo, todos bien». Otros tres. Y después de años con bombas, de tiros lanzados y de recibidos también, consiguen los que salen vivos ver a sus seres queridos: El hijo más hombre, la mujer diferente, la madre ya muerta, tal vez, así quedó el futuro de aquella foto vieja que tanto les ayudó a vivir, y a matar para vivir. Y de camino hacia casa, miran con recelo hacia los lados por si aún son tiroteados. «Estoy de vuelta –se dicen-. Y ahora, todo va a ir bien».
domingo, 29 de julio de 2007
jueves, 26 de julio de 2007
¿Dónde extiendo la toalla?
Lo primero, que el día te salga soleado, lo segundo, que no haya mucho tráfico de camino hacia la playa y, por último, la pregunta de: «¿extiendo aquí o mejor allí la toalla?» Porque no es lo mismo, claro, depende de si tu marido es de los que miran y miran y las chicas jóvenes que están tumbadas a tu alrededor son precisamente de las que les gusta enseñar o también depende de que no esté cerca de ti la niña del exorcista, ésa que se pasa vomitando todo el día por el mareo que agarró en el viaje de ida y, por supuesto, hay que alejarse todo lo posible de la caseta de La Cruz Roja, porque has ido allí a relajarte y a que te dé el sol, no a dar la bienvenida a heridos que parece que vienen de alguna guerra, y tampoco a decirle al mismo niño de todos los años que esta vez tampoco sabes donde están sus papás. «Quizá me ponga junto a los jóvenes que escuchan ‘Rap’», te dices, aunque corres el riesgo después de comerte la tortilla de patata de seis huevos tu sola por el estrés; desde mayo poniéndote en forma bailando Batuka como una loca para bajar tan sólo un kilo y medio y ahora ¡toma! mil quinientas calorías de un atracón e igual de peso. Al final la solución es la de siempre, clavar la sombrilla en la zona mala y saludar: «Hola Clarita, hola Luisita y Fulanita», que son las conocidas de otros años con las que no te querías encontrar
lunes, 23 de julio de 2007
Nos puede la sugestion
Es increíble lo sugestionables que somos cuando nos ronda un problema por la cabeza de difícil solución. En ocasiones, incluso, la desesperación por encontrar una respuesta acertada es tal, que nos empuja a algunos a llamar a un número ‘806’ para que una tarotista que no nos conoce de nada nos diga, por ejemplo, si debemos o no separarnos de nuestro cónyuge después de una infidelidad que nos ha cometido. Al otro lado del teléfono, la tarotista te pide que te concentres mientras baraja las cartas, y luego te dice -a un euro el minuto- que la carta que te ha salido es, por ejemplo, el siete de copas, que aunque es una carta que habla de sentimientos heridos y de rencores y de mucho dolor, también es positiva pues habla de lo mucho que os queréis y que muy pronto os reconciliareis. «Gracias». Y cuelgas. Y como ya crees saber qué va a ocurrir en el futuro, todo lo que tenías pensado hacer sobre lo de llamar a un abogado para pedir el divorcio o poner el piso en venta para su división o lo que sea, lo aparcas, si total, el siete de copas ya te ha dicho que te vas a reconciliar. ¡Cómo somos!, ni a nuestra madre le haríamos tanto caso.
sábado, 21 de julio de 2007
¿Por qué la gente habla sola por la calle?
No era nada extraño en la antigua Roma poder ver a Senadores y Cónsules ir de camino hacia el senado mientras movían con aspavientos sus brazos y susurraban solos con voz queda y continua las propuestas que harían más tarde en el Salón de Sesiones ante los demás. En ocasiones, cambiaban sus timbres de voz y posturas de manos para que, llegado el momento, todo fuera perfecto y su ponencia deleitara, convenciera y fuera aprobada por todos. Ellos mejor que nadie sabían que con una buena retórica se obtiene la conquista. Además de legarnos su maravilloso pasado cultural, nos dejaron también esa idea filosófica que dice que «El poder está en la palabra.» Lo sabemos todos: los vendedores, los comerciantes, los enamorados, los enfadados con o sin razón, y hasta el escritor de libros sabe que con cada línea que escribe ha de intentar conectar con el lector. Pero a nadie se le convence si uno mismo no está convencido de lo que dice. Y por eso ahí estás, en tu soledad, yendo por la calle tal vez, y explicándote a ti mismo qué es lo que -a él o a ella- le dirás, cómo se lo dirás, con qué réplica le contestarás detrás de la suya y cuál será tu frase final. Y si nada sale mal, «el poder de la palabra llena», que así lo llamaban a lo bien argumentado, es de esperar que en tu empresa te ayude a ganar.
jueves, 19 de julio de 2007
No es lo mismo
Quizá de entre todas las cosas que influyen sobre el curso de nuestras vidas, no exista nada tan veleidoso e incontrolable como La Suerte, que nos maneja sin escrúpulos a todos nosotros, diciendo: a éste sí, a éste no, a éste le hago feliz y a este otro un pobre desgraciado “per sécula seculórum” (para siempre jamás). Pero no me preocupa entender como funciona La Suerte, estudiada por Aristóteles durante toda su vida y que ni la medio entendió, sino el comportamiento tan extraño que tenemos ante ella y que a veces resulta sumamente cruel: pues, si viene de cara y todo va bien, lógicamente, no hay ningún problema, pero cuando viene de espalda y nos acechan las desgracias, nos alivia, y mucho, saber que otras personas, además de nosotros, están angustiadas atravesando la misma preocupación: No es lo mismo, por ejemplo, que te despidan a ti solo del trabajo a que se cierre tu empresa y que todos sus empleados se vayan a la calle contigo, ya que te verás más comprendido. No es lo mismo que se te queme la casa a que una inundación se llevé todas las viviendas de la barriada donde vives. No es lo mismo morir solo en una habitación de un hospital que hacerlo junto a otro moribundo que te han puesto de compañero de cuarto. Y ese deseo tan cruel de querer que otros tengan las mismas desgracias para poder mitigar en parte las nuestras, es difícil de valorar. Ya que nada tiene que ver con ser una buena o mala persona, sino con el miedo que tenemos dentro y que busca una salida hacia el exterior. Por eso, no es lo mismo caer en desgracia, que caer en desgracia junto a los demás. No es lo mismo, no.
lunes, 16 de julio de 2007
El pesado legado
Durante la adolescencia, los proyectos que se desean para el futuro suelen ser tan volátiles e inestables como una pompa de jabón en el aire, y el celebérrimo actor, cantante o futbolista de moda que sale en la tele se convierte en la meta a conseguir de muchos chavales jóvenes. Lógicamente, otros desean convertirse en cosas más alcanzables y sueñan con ser abogados, periodistas, diseñadores, etc. Pero más allá de que estos deseos puedan ser considerados como una quijotada o factibles de realizar, está el hecho de que en ocasiones la actitud egoísta e influyente que algunos padres muestran hacia sus hijos, hace que el futuro oficio de estos no dependa de ellos, sino de sus progenitores. Y que es a lo que voy: pues en muchos casos se les espera impacientes a que acaben su último curso de carrera para que se encarguen del negocio familiar, quieran o no; o se encuentran envueltos dentro de una historia ancestral donde tres generaciones anteriores a él fueron médicos y si no estudian esa carrera, les destrozarán el corazón a papá; o también puede ser que sus padres –nada previsores-, trajeron nueve hijos al mundo y como él es el mayor y hay mucha boca en casa que alimentar, se ven obligados a trabajar de lo primero que encuentren, en oficios que igual detestan, y se quedan sin estudios. Desgraciadamente, son muchos los jóvenes que sufren de estas obligaciones o legados familiares que les apartan de un plumazo de toda oportunidad para poderse realizar.
viernes, 13 de julio de 2007
El pasado, que siempre vuelve
Al pasado siempre le gusta regresar los días que estás triste o que son de lluvia, cuando sola en casa decides abrir el álbum de fotos familiar y ojeas en él todo aquello que de importancia ha ido ocurriendo a lo largo de tu vida. Las fotos más ajadas, descoloridas y medio rotas son tus preferidas, y cuando te detienes a mirarlas, te llevan hacia tiempos remotos que te parece imposible creer que alguna vez existieron. Y ves a tu madre, riendo en su boda y vestida de negro, el color de las novias de antaño en los pueblos, y a tu padre junto a ella, con un traje a rallas y el pico de un pañuelo que le sobresalía de un bolsillo superior. A lo mejor escuchas un suspiro o la foto queda salpicada por una lágrima que se te calló, pues te resulta increíble verles tan jóvenes sabiendo que falta uno de los dos. Tu mano, en vaivén, sigue pasando las hojas. «Mi tío Eusebio –te dices-, ya ni le recordaba como era. Y aquí esta mi abuela, jo, cómo se parece mi madre a ella. Y yo, a las dos.» Luego pasas a ver las fotos con hechuras grandes y rectangulares, donde toda la familia cabía en ellas. «Mi primo Miguel y la chica con la que se casó, lástima que no duraran. Y mi prima María, ¡ay, que gorda estaba, por dios! Los gemelos, mi vecina Carmen, don Amador...» Hasta que llegas a las fotos digitales de color, en las que un pasado más reciente y generoso te permite recordar algunos detalles ocurridos antes y después de la instantánea. «Ay, y aquí está mi sobrina Nerea en su bautizo, ¡que día de lloros nos dio! Y mi marido y yo en Barcelona. Qué fin de semana más bonito fue aquél» Y cuando la lluvia o la tristeza amainan, el pasado decide entonces despedirse de ti, dejándote en el pensamiento a todos aquellos que en fotos quisieron venir.
martes, 10 de julio de 2007
Harto de ser chico 'diez'
No sé por qué, pero siempre me ha dado la impresión de que el estudiante más brillante que había en cada clase que estuve y con el que en mi adolescencia topé, era probablemente el que más problemas personales tenía de todo el alumnado. Y pienso que esa obsesión por estudiar tan recalcitrante que había dentro de él, no era motivada por un deseo imperioso de querer saber, sino de esconderse en el estudio precisamente para no querer saber. No querer saber, quizá, que su carácter dúctil e introvertido le hacía ser un chico vulnerable y de patada fácil para los otros chicos que se reían de él o que sus defectos de estatura o de sobrepeso causaban mofa y befa a la vez o quizás esa obsesión fuera debida a ser el hijo de un matrimonio roto y buscaban así desconectar. Y siempre me los imaginaba escondidos bajo un flexo de luz que apuntaba hacia un libro cualquiera, absorbidos por su contenido y desinhibidos de todo problema exterior; mientras se sumergían poco a poco con autismo hacia un mundo que les llevó a ser los doctos cerebritos que hoy en día son. Seguramente hubieran cambiado con los ojos cerrados sus notas diez por los cincos raspados que sacaron sus compañeros de moda de clase, los que metían los goles, supongo... Un libro siempre encierra dos historias: la que cuenta y la que se guarda para sí de su lector. Probablemente dentro de esta segunda historia escondida, y que nunca se puede leer, se encuentren las desgraciadas adolescencias de muchos chicos diez.
sábado, 7 de julio de 2007
El sustituto laboral
Entre los eventuales contratados en verano para reemplazar las vacaciones de la plantilla de una empresa, hay de todo, como en botica. Y están aquellos que se dejan llevar por su flema apática y piensan: "Va, para los días que voy a estar en este trabajo, ni doy un palo al agua ni me hago una lumbalgia cargando como un mulo con las cajas más pesadas del almacén." O si trabajan en una oficina, dirán: "Nada de desgastarme las retinas redactando mil informes en el ordenador, total, si en cuanto venga el que tiene la plaza fija me van a echar igual." Y también, afortunadamente, están aquellos otros que se dejan la piel en todo lo que hacen, bien porque esperan a cambio una buena recomendación o con la esperanza de obtener un segundo trabajo encadenado a este primero o, simplemente, porque no son unos vagos y punto. Pero "¡maldita sea mi Karma!", te dices, pues el que siempre te suele tocar, por lo general, es siega de la primera cosecha, de los que arrastran los pies para evitar el trabajo de caminar. Y cuando regresas de tus vacaciones y ves el marrón que te han dejado, sumado al hecho de que se acabaron tus días de bronceado en Cancún, te preguntas: ¿Pero cómo no voy a caer en un síndrome post-vacacional?
jueves, 5 de julio de 2007
Se acerca el día mágico
7/7/07. El siete, que proviene del latín séptem o séptimo, siempre ha sido considerado como un número misterioso y mágico, y cuando va seguido de más sietes su carga positiva se maximiza exponencialmente. Muchos aspectos de la vida del hombre son regidos por este número: siete son los días que tardó dios en formar la tierra, al igual que los de la semana, los mares del planeta, las maravillas del mundo, los puntos energéticos o chacras que según los hindús tenemos en nuestro cuerpo, etc. Según el experto en numerología Jean Fermier: "el 7 es la unión del 4, símbolo de la materia, y del 3, símbolo del espíritu, y es una unión que lo transforma en un número de buena suerte”. Suerte extrapolable tanto a cuestiones laborales como de amor o lúdicas. E increíblemente, y con el fin de estar al amparo de la diosa fortuna, una cantidad ingente de personas han pospuesto cerrar importantes contratos laborales para ese día, al igual que otros tienen cita desde hace meses reservada para sus bodas y, por supuesto, el gasto que habrá en los juegos de azar este sábado triplicará el de fechas anteriores similares.
martes, 3 de julio de 2007
¿Perdón o separación?
A la izquierda de un hoja en blanco has decidido escribir los pros y a la derecha los contras. Y te dices que tus dos hijos aman con locura a su padre, por lo que si te divorcias ahora con esas edades tan pueriles que todavía tienen les destrozarías a ambos el corazón. "Anoto esto como contra, entonces”, piensas. Pero por el otro lado, te juraste y te re juraste de recién casada que jamás aceptarías una infidelidad por muy pequeña que sea, como la ocurrida esta vez. Por lo tanto, esto último, "pro". La casa, si decides separarte, sabes que os la quedaréis los críos y tú, pro, aunque de igual forma sabes que cuando entres en ella se te caerá el alma a los pies, pues será como entrar en una covacha fría y oscura si no está él, contra. Afortunadamente, tu marido con el dinero siempre ha sido legal, por lo que no ves problemas con la pensión que te tenga que pasar en el futuro, pro, ya que ¡adora a sus hijos! y se moriría antes de saber que pasan necesidad, contra. Eres aún joven y atractiva, piensas, y ¿quién sabe? quizás dentro de poco tiempo puedas rehacer tu vida de nuevo, pro. Aunque jamás con un hombre como él, a quien ya creías amar con locura mucho antes de conocerle, contra. “¡Con todo lo que hemos pasado juntos, que tenga que acabar así!-te dices-¿igual si buscamos entre los dos una solución?”... Y es justo aquí, si te haces ésa pregunta antes de acabar tu lista de rabias y de comprensión, cuando tu papel de esposa y de madre se ha impuesto hacia tu persona y sólo puedes hacer ya una cosa: prepararte para su perdón.
lunes, 2 de julio de 2007
Fruta pohibida
A estas alturas, quién no ha tenido a través de Internet una conversación erótica subidita de tono con alguna persona desconocida que ha conocido en un chat o que ha aparecido en la red de la nada, plaf, sin más. Y donde ambos se han escrito lo que en sus carnes sentían o en sus cuerpos se harían si estarían cerca el uno del otro. La fantasía erógena es algo bueno, según dicen los expertos, incluso para la gente que ya está comprometida con parejas estables: desinhibe, experimentas, ayuda a la creatividad sexual, etc. Pero dentro de una cierta armonía y donde no todo vale, claro, y menos mentir. Pues te puedes encontrar que Laura, que es con quien te lo has pasado durante media hora genial, en realidad se llame Pedro y te diga que se va a trabajar al bar y que gracias por todo, adiós. O que Alberto, si eres una chica, te dice al final: "Llámame mejor Alicia, cielo. Gracias." Y no es que luego se te quede cara de tonto, es que no sabes cómo interpretarlo o como actuar, pues tienes claro que eres hetero o gay o lo que sea que seas, pero aquello que has sentido durante ese tiempo que te han estado engañado ahí está y ¡qué narices! que te ha hecho disfrutar. Por lo que te empiezas a preguntar, si en realidad en todo esto del sexo no será que puede más lo sugestivo, lo idealizado, lo fantaseado o lo prohibido que lo que entra por los ojos que es lo que suele pasar.
domingo, 1 de julio de 2007
Intis y un poco de cariño
Jessenia era una niña de Perú que tenía once años, cinco hermanos y un padre enfermo que no podía trabajar. Cuando contacté con una ONG y esta me la designó para apadrinarla, enseguida se ganó mi corazón con dibujos que me enviaba hechos con tizas de colores, en los que se dibujaba siempre a ella misma agarrada de la mano de un chico que tenía escrito debajo mi nombre: Jon. En la foto de ella que la fundación me dio, se la veía de tez mestiza, probablemente su padre o madre fueran indios, pensé, y sonreía vergonzosamente, sabiendo seguro que se la hacían para mí. Nos escribíamos varias veces al año, y yo la mandaba junto con mi carta, cuentos, juegos, pulseras divertidas y todo lo que se me ocurría que la podría ilusionar. Y ella continuamente me enviaba dibujos de muchos paisajes disfrazados según la estación y, debajo, siempre de la mano ella y yo. Quizá este fuera un detalle de la cuidadora o quizá no, pero se notaban que eran dibujos con un acabado perfecto, sin tachas ni errores, lo que significaba que algunos acabaron en la basura y que los enviados fueron hechos con ilusión. No recuerdo ahora cuantos intis al cambio de la moneda peruana tenía que abonar, pero sí que con ello Jessenia comía, vestía y que el poblado de apadrinamiento le proporcionaba educación. Y así un año tras otro hasta que con catorce de edad, tuvo que abandonar el lugar (eran las normas) y ya nunca más volví a saber de ella. Hasta hoy, que revolviendo entre mis cosas antiguas, acabo de ver la foto suya y me han venido de golpe mil recuerdos. Ahora tendrá seguramente más de veinte años; quizá esté casada o quizá no, quizá siga dibujando paisajes o quizá no, pero sea cual sea su vida o la mía, los dos sabemos que durante tres años del pasado un fuerte vínculo nos unió. Y como decía Molière: "cuando se quiere dar amor, siempre hay un riesgo: el de que lo reciban los dos."
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