domingo, 28 de octubre de 2007

La culpa fue de Felipe IV

El Vaticano acaba de hacer público el acta donde se recoge el juicio que La Santa Inquisión hizo a “Los Templarios” en el año 1314. Un documento que llega setecientos años tarde y que cuenta tan sólo una única versión de los hechos. Con la publicación de este documento inédito, La Iglesia intenta demostrar que Felipe IV el Hermoso fue el único responsable de la abolición de La Orden de Los Templarios, a quienes se les acusó de herejes y a muchos se les quemó en la hoguera, y que nada tuvo que ver en aquella atrocidad cometida el entonces Papa Clemente V.
Los Templarios (1.119-1.314) fueron unos caballeros medievales que tenían como misión la defensa de Las Tierras Santas, atacadas continuamente por los fieles seguidores de Mahoma. Los éxitos en batallas por oriente y occidente enseguida les trajeron fama y fortuna a estos Guerreros-católicos, que vestían hábito blanco con una cruz roja en el pecho. Cuentan los contemporáneos de la época, que Felipe IV codiciaba las riquezas que Los Templarios tenían en Francia y que, para hacerse con ellas, puso al frente del Papado a un hombre elegido por él para que desmembrara esta Orden religiosa. Clemente V, amigo y deudor de Felipe IV, aceptó de buen grado el puesto y abolió con la acusación de herejía a Los Templarios en el año 1314. El Vaticano intenta ahora con esta burla de publicación, no sólo exonerar a Clemente V de complicidad, sino que además busca sacar algo de dinero extra. Las copias que ha puesto a la venta del 'Processus contra Templarios' se pueden adquirir por 5.900 euros. Ya tienen 700 solicitudes de compra entre Universidades y Bibliotecas. Todo un negocio.

viernes, 26 de octubre de 2007

Los buenos modale se pagan

Sabemos que cada uno tiene su propia personalidad y no vamos ahora desde aquí a cambiar la de nadie porque no somos quienes para hacerlo, pero me deja muchas veces sorprendido el cambio de talante que muestran algunos médicos de la S. Social con sus pacientes dependiendo de si estos les visitan como enfermos a sus consultas públicas, donde trabajan como funcionarios, o si van a las otras que tienen algunos y que son privadas. En las privadas, se muestran siempre más afables con el paciente, ofrecen su mano extendida para que esta sea estrechada, te hablan en cristiano para que entiendas lo que te pasa y todo son ventajas. Y en las consultas públicas, ambulatorio u hospitales: malas caras, explicaciones griego-latinas de tu problema, y que pase el siguiente, que tú de eso no te mueres, creo; así te tratan. Me da mucha rabia pensar que hay que gastar dinero para ser tratado con amabilidad, pero suele ser así. Por supuesto, siempre hay dentro de la S. Social ese médico de familia o especialista que no lo cambiarías por nada. Pero esto suele ocurre más bien poco, ya que por lo visto en la medicina pública los buenos modales se pagan.

martes, 23 de octubre de 2007

El literato anónimo

En estos tiempos modernos en que vivimos, no tendría cabida ni sentido alguno encontrarse de nuevo con aquella figura entrañable que existía hace algunos siglos dentro de la literatura y que era la del literato anónimo: un escritor, reivindicativo, que enviaba a las imprentas las quejas que tenía el populacho en formato de versos, cantares o novelas esperando luego que fueran publicadas. Estos autores firmaban siempre con pseudónimos, o no firmaban, para que sus identidades nunca fuesen reveladas. La desigualdad social entre ricos y pobres era un tema recurrente entre muchos de estos escritores apócrifos, y legados literarios como son los libros de “Robin Hood” o “El flautista de Hamelin” así lo demostraban. La omnipotencia que el clero tenía por aquel entonces, también se dejó notar en libros como el “El lazarillo de Tormes”. Pero no todos estos autores escribían por sentirse víctimas de un yugo social, sino que también había entre ellos infinidad de mujeres que escribían bajo el velo del anonimato porque tenían prohibida la imprenta. Todas aquellas innumerables obras que nos dejaron y que ahora las leemos como si fueran textos de aventuras para niños, sirvieron de rebelión para la gente llana y, con el tiempo, aquella lucha dio como resultado la igualdad y los derechos que tenemos ahora.

domingo, 21 de octubre de 2007

Al libre albedrío

¿Qué pasaría si no habría consecuencias?: ¿Mandaríamos, quizá, por fin al jefe a freír espárragos subidos en un andamio para podérselo gritar desde lo más alto?, ¿nos convertiríamos todos en unos promiscuos, incluido los eclesiásticos?, ¿fumaríamos hierba a deshoras? ¿Qué? Shakespeare, además de decir aquello de “ser o no ser”, solía decir también que “el mundo es un teatro y los que viven en él son meros actores que representan cada cual su papel.” Una verdad, la suya, que lleva a una mentira: nuestra forma de ser. Si no habría consecuencias, seguramente yo no sería yo. Sería, quizá, un loco con una tiza de color rojo en una mano haciendo tachones sobre los bisontes de Altamira, o tal vez un conductor desnudo y borracho que va en sentido contrario, o vete tú a saber. La verdad es que no sé exactamente qué pasaría si no habría consecuencias, pero lo sí sé, es que todos nos aprovecharíamos de ese libertinaje para cometer locuras. Los que roban, matan, violan, son personas que delinquen pensando que no tendrán un escarmiento. Me pregunto qué no haría esta gente de saberse con plena impunidad y, sobre todo, cuántos imitadores tendrían en esas circunstancias. O sea que, visto así, casi mejor asumimos un mundo con castigos y dejamos las cosas como están, ¿verdad?

jueves, 18 de octubre de 2007

Con sabor a libros

De la misma manera curiosa en que una persona cualquiera vincula el olor de un perfume con alguien conocido que sabe que la usa, los lectores acérrimos siempre vinculamos los acontecimientos que nos han ido sucediendo a lo largo de la vida con los libros que durante esas fechas señaladas hemos ido leyendo. Recuerdo, por ejemplo, al valiente Marco Antonio y a la bella Cleopatra tenerlos muy presentes dentro de mi cabeza cuando fui a la boda de mi hermana, pues en ese momento estaba leyendo “No digas que fue un sueño”, de Terenci Moix, y el libro de ellos trataba. Con sabor a libros tengo en la retina también el último verano que pasé en La Rioja, preciosa tierra en la cual, mientras saboreaba sus caldos, me leí “La tabla de Flandes”, de Perez-Reverte. A veces me confieso un tanto paranoico: con tanto personaje en la cabeza cuesta discernir entre lo real y lo irreal. Pero esto tan sólo me sucede durante escasos segundos después de haber leído, luego acabo riéndome. Mi original agenda me dice que cuado me leí “Madera de Boj”, de Cela, fue el bautizo de mi sobrino, y cuando leí “El manuscrito Carmesí”, de Antonio Gala, hice la compra de mi casa. Etc. Recomiendo al lector este tipo de agenda literaria, por ser sin duda tan didáctica como original y acertada.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Despedidas Vacuas

No acabo de entender ese tipo de despedidas que hacen a bombo y platillo algunos toreros famosos como Ortega Cano, o la de ahora de Jesulín de Ubrique, en las que nos dicen a todos “adiós, adiós, que me voy.”, pero luego al de pocos meses, con la coleta aún cortada y sin crecer, de nuevo vuelven a torear como si nunca se hubieran ido. Empieza a ser un cliché entre famosos y famosillos actuar así. Tener que vivir sin aplausos ni vítores ni gritos de “¡viva la madre que te parió!” debe de resultarles mucho más difícil de lo que parece. Pero tampoco es mucho pedirles que cuando se despidan de sus incondicionales, lo hagan diciendo que lo que realmente quieren es tomarse uno o dos años sabáticos (si es que es así), tal y como lo hizo el año pasado el presentador Javier Sardá, y no esta despedida en forma de burla, me voy, pero no me voy, a la que ya nos tienen acostumbrados. A lo mejor estoy equivocado y no vuelven porque ellos quieren, sino porque el tren de vida tan disparatado que llevan les comen los euros y les obliga a volver. Pero sea lo que sea, la fama no da derechos de engaño y decir “adiós” nunca fue igual que decir “hasta luego.” A sí que ¡un poquito de por favor, señores!

martes, 16 de octubre de 2007

La televisión hace la noche eterna

Me encantaría comprarme la aspiradora sin cable, el magnífico ordenador portátil, el juego de cuchillos chinos de hojas con afilado infinito y todo lo que se ve por televisión en la Tele-tienda, pero desgraciadamente no tengo un duro y tan sólo puedo fantasear eróticamente con la chica que sale promocionando estas cosas porque es gratis. Pero de lo que sí tengo y mucho, es de insomnio. Y me da siete patadas en el hígado encender la tele a horas intempestivas de la madrugada, en las cuales ni siquiera las aceras de la calle están puestas para caminar, y ver siempre lo mismo a través de ella. “¿Esto ya lo han echado, no?”, te preguntas cuando ves los programas de siempre repetidos como si fueran un curioso dejá vú. A veces, mirando la tele, me siento Bogar en Casablanca diciendo aquello de: “Tócala otra vez, Sam”. Al alba, cuando empiezan los noticiarios, y las aceras ya están puestas, otra vez les viene la dichosa idea a los responsables de programación de que los televidentes tenemos memoria de pez, y repiten cada tres minutos la misma noticia. ¿Qué pensarán los que viven en otros continentes y pillan nuestra tele a esas horas por Internet: que estamos subdesarrollados o que somos tontos?

viernes, 12 de octubre de 2007

Gafas para no ver

Las gafas son un complemento que da mucho juego a la hora de vestir o a la hora de intentar transformarte en alguien con apariencia de inteligente. Hasta hace un par de décadas, las personas que las usaban siempre fueron diana de mofa por la tosquedad de los materiales con los que estaban fabricadas, pero ahora con los nuevos productos que se emplean han embellecido su línea de estética y no son pocos los que acuden a comprarse unas tan sólo para presumir de ellas. Me comenta un amigo oftalmólogo que un diez por ciento de su clientela acuden a él empecinados en usar gafas a pesar de que la visión la tienen perfecta. “Al final se acaban llevando unas para visión cansada –me dice-, porque creo que son las que menos daño les va a hacer a la larga.” Aunque me asegura que intenta por todos los medios que este tipo de clientes, subyugados por la moda o por aparentar intelectualidad, se compren unas con montura bonita pero con los cristales normales, sin dioptrías. A veces lo consigue, a veces no. La ironía de este asunto es que la mayoría de las personas que se compran unas lentes por estos motivos tan snobs, acaban obligados con el tiempo a tener que usarlas por pura necesidad.

domingo, 7 de octubre de 2007

No podemos escapar de lo que somos

Nunca he conocido a ninguna persona a quien no le gustara su forma de ser. Lo que siempre me ha llevado a pensar en que todos nosotros, al parecer, pecamos de un cierto narcisismo que nos ciega y que nos hace creer que nuestra personalidad es indudablemente mejor que la de los demás. Sin embargo, si que he conocido a infinidad de personas poco agraciadas físicamente que se quejaban de que sus defectos exteriores les impedían ser felices. Cuando pregunto a la gente qué es lo que cambiarías de ti, enseguida todos ellos enumeran sus prominencias o aberraciones físicas que les disgustan, pero ninguno de ellos me dice que desearía cambiar algo de su interior para que le ayude a ser una persona más sociable o comprensiva o inteligente (si es que no lo son), ya que dan por sentado de que están hechos por dentro de una pasta especial que les hace ser perfectos. Desde nuestra niñez hasta más allá de la veintena de edad, nos mostramos dúctiles y absorbentes como una esponja con todo lo bueno y lo malo que nos va sucediendo en la vida, con el propósito de aprender de ello e ir forjando nuestro propio carácter que, sin duda, será peculiar. A partir de los treinta, fecha perentoria, ya no podemos escapar de lo que somos, nuestro perfil psicológico está definitivamente creado, y, por ende, nuestras virtudes y defectos sumamente arraigados. Lo que significa que si una persona a esa edad se ha convertido en alguien responsable, sociable o empática probablemente lo será así para siempre, mientras que el vago, déspota o el agresivo tendrá inexorablemente ese final Por eso, a pesar de todo lo que se quiere la gente “perfecta por dentro” no se debería olvidar que los defectos de dentro son tan visibles como los de fuera, y a veces incluso más.

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