domingo, 2 de noviembre de 2008

En dos minutos

En dos minutos te puedes meter una hostia con el coche y quedarte subnormal –me dice mi amigo Luís-, o quedarte como yo: jodido en una silla de ruedas, sin saber si es invierno o verano de cintura para abajo, y meando cuando te entran las ganas en una bolsa de plástico que siempre has de llevar a tu lado.
Jaime, el fisioterapeuta que me ayudó con la rehabilitación, me dijo que era un tío con suerte, que por lo menos mi novia me había dejado mientras me encontraba en coma, ya ves. Era un cabrón simpático que te contaba chistes verdes a pesar de que sabía que ‘el soldadito’ se te había muerto en la carretera. Y desde entonces, desde la hostia en coche, digo, voy y vengo y reparto periódicos para sacarme algunas pelas con las que pagarme la comida y un poco de hachís; que somos cuerpo y alma y el alma necesita de su paraíso… A veces me pregunto por qué la gente no me rezará a mí en vez de a Dios: los ocho años que llevo clavado en esta cruz de silla de ruedas es jodidamente más tiempo que los tres días que estuvo él clavado en la suya. Pero bueno, tampoco quiero hacerme mala sangre con toda la peña, que hay quienes me ayudan a subir a los autobuses cuando yo solo no puedo y cosas de esas... «Bueno, Luís, mañana seguimos otro ratito por el Messenger, que estoy un poco cansado, ¿ok?» -le digo para terminar, hoy le noto excesivamente quemado. «Claro –me dice él-, pero recuerda si coges el coche que, en dos minutos de distracción, tú puedes ser yo.» Tú = Yo, escribe. «Ok, lo recordaré.»
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(pag.8)

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