lunes, 4 de mayo de 2015

El combate del siglo



Hay cosas que me las tienen que explicar como si fuera un niño de cuatro años porque si no, no las entiendo. Una de ellas es el boxeo. Que dos personas quieran subirse a un ring para darse de golpes hasta que uno de los dos caiga inconsciente, es como para hacérselo mirar. Y si el primer psiquiatra al que van les dice que psicológicamente están bien, entonces, deberían pedir una segunda opinión. El combate que presenciamos la pasada madrugada entre Mayweather y Pacquiao me dejó noqueado. Lo poco que vi, claro. Continuamente acudían a mi mente breves flash-backs en los que aparecían dos gladiadores romanos en una liza diciendo aquello de: «Ave, Caesar, morituri te salutant», (Ave, Cesar, los que van a morir...). Y se mataban, se mataban. Que era precisamente lo que parecían querer los asistentes. O por lo menos así lo expresaban: «¡Kill him, kill him!», (¡mátalo, mátalo!). En el idioma alemán,  existe una palabra  que define al sentimiento de alegría que experimentan algunas personas cuando ven sufrir a otro: «Schadenfreude», pronunciado ‘sadenfoide’. El boxeo y otros deportes similares no son recomendables precisamente porque nos llevan hacia ese sentimiento.
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