miércoles, 18 de mayo de 2016

¿Quién soy yo para juzgarlos?



El Papa Francisco afronta con valentía cualquier tema espinoso que atañe a la Iglesia, pero nunca lo hace con la plenitud que debería. Al igual que sus predecesores, delega los asuntos turbios en eternas comisiones de estudio hasta que finalmente son olvidados. En la retina de todos está el mensaje retórico que mandó al colectivo homosexual: «Si una persona es gay, busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarle?» El mensaje sonó histriónico, revulsivo y muchos pensamos que la Iglesia había tomado por fin un camino aperturista. No sólo por esta declaración, sino porque el Papa en posteriores homilías dio a entender que permitiría la comunión de los divorciados vueltos a casar, e incluso abrió la puerta al casamiento de los curas. Pero ni una sola piedra de la Iglesia se ha movido. Todas fueron vacuas promesas. La semana pasada se celebró la Asamblea Plenaria de las Superioras Generales (UISG). Una de las superioras le preguntó al Pontífice sobre la posibilidad de incluir a las mujeres como diaconisas -sólo pueden ser los hombres-. El Papa les ha prometido crear una comisión para que le ayude a responder a esa pregunta. Llegará antes el olvido que la respuesta. Ya lo verán.
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